05 septiembre 2010

El legado de Uhle

Sabio alemán. Acaba de aparecer “Max Uhle: 1856-1944”, un volumen que evalúa a la luz de los nuevos tiempos los aportes del investigador alemán en América. Un hombre que recogió el espíritu de su época y se lanzó a la conquista del Nuevo Mundo.
Por: Jorge Paredes Laos
Domingo 5 de Setiembre del 2010
 
Vivió en un tiempo en que la palabra descubrimiento estaba asociada a los largos viajes científicos por los mares del sur, y a los hallazgos de culturas lejanas y exóticas. Max Uhle (Dresden 1856–Loben, 1944) se dejó llevar por esa corriente. Desde muy joven tuvo al parecer un espíritu aventurero –según confiesa en su tesis doctoral, abandonó la casa de sus padres a los 11 años–. Su interés por las lenguas orientales lo llevó a la lingüística, lo que le permitió conseguir en 1881 un puesto en el Museo Etnográfico Real de Dresden. Entonces, recorre los museos europeos, conoce a Adolf Bastian, el padre de la etnología alemana, y a Alphons Stubel, un coleccionista que lo cautiva con sus fotografías y piezas recogidas en sus viajes por los países andinos. Stubel lo ayuda a ingresar al Museo de Berlín, donde Uhle ve las colecciones de Ancón, y lo seduce cada vez más la idea de venir a América. 

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Llega al Perú en el último lustro del siglo XIX. Gracias al patrocinio de universidades de Estados Unidos (Filadelfia y Berkeley), Uhle inicia sus excavaciones en Pachacámac en 1896 y, aunque todavía no tiene una vocación definida, se inclina por la arqueología en un tiempo en que esta disciplina recién se iba consolidando. En una carta fechada en 1900 le dice a una tía que se siente como “el conductor de un aerostático sin rumbo fijo”. 

Sus apuros económicos y su falta de tacto diplomático hacen que algunos de sus contemporáneos lo vean solo como un agente de museos extranjeros y expoliador de antigüedades. Una leyenda negra que Peter Kaulicke, uno de los editores de este volumen se apura en corregir: “No es tanto así. Más bien Uhle, cuando se desliga de las universidades norteamericanas, dirige sus esfuerzos a inculcar a los peruanos la protección de su patrimonio. Llegó a escribir un artículo donde reclamaba una legislación para toda América, porque creía que todas las naciones debían trabajar de manera conjunta”. 

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A los 50 años, Uhle llega a ser designado director del Museo de Historia Nacional de Lima. Antes, a sus excavaciones y publicaciones sobre Pachacámac, se habían sumado sus trabajos en las huacas de la Luna y del Sol en Moche; sus excavaciones en Ica, Pueblo Nuevo, Pisco y Huaitará; además, de Ancón, la isla de San Lorenzo, el valle de Supe y la sierra de Lima. A esto se agregan sus visitas al Cusco y al Altiplano, donde hizo importantes observaciones etnográficas sobre las festividades, la medicina tradicional y la etnobotánica. Tomó miles de fotografías y documentó canciones y cuentos quechuas y aimaras. Este libro enfatiza en todos estos aportes, y citando a John Rowe, el arqueólogo Peter Kaulicke sostiene que Uhle llevó a cabo más trabajo de campo en la parte occidental de América del Sur que cualquier otro investigador antes y después de él. 

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Por cuarenta años, Uhle recorrió seis países americanos y fue pionero en los estudios arqueológicos en varios de ellos. En 1939, ya viejo, retorna al Perú a un congreso de americanistas, pero al poco tiempo estalla la Segunda Guerra Mundial y el Perú le declara la guerra a Alemania. Varios ciudadanos alemanes –entre ellos Uhle– son detenidos en Chosica. 

Cuando regresa a Alemania (en 1942), su salud está ya deteriorada. Es internado en un sanatorio, donde morirá dos años después. “Pero nadie conoce su tumba”, asegura Kaulicke, “porque parece que lo enterraron en una fosa común”. Resulta increíble que hasta hoy los investigadores no se hayan interesado en analizar las 2.153 cartas que el sabio dejó en el Instituto Iberoamericano de Berlín. Ahí, entre miles de fotos, permanece oculto parte de su legado.
CULTURA 

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