"Hay que mantener la unidad
alcanzada… El proyecto de construir un país más solidario y más
inclusivo sigue vigente", expresó el candidato derrotado en la segunda
vuelta de las elecciones presidenciales de Chile, Eduardo Frei
Ruiz-Tagle.
Con el reconocimiento público del triunfo de su
rival Sebastián Piñera, el hombre del oficialismo vio evaporarse su
ambición de perpetuar a la gobernante Concertación en el Palacio de la
Moneda.
Frei conoce de estos avatares: en su carrera
política, el líder de los demócrata-cristianos ya ha probado el sillón
presidencial, entre 1994 y 2000, y además ha sido cabeza de la Cámara
Alta, ahora senador vitalicio y hasta hijo de ex presidente (su padre,
Eduardo Frei Montalva, gobernó Chile en los años '60).
Político veterano, sabía que el diagnóstico de
"empate técnico" que habían arrojado las encuestas preelectorales, en
las que nunca figuró como favorito, podía truncar su plan sin mucho
trámite, y que debía repuntar los 14 puntos de desventaja de la primera
vuelta respecto de su contendiente. Acortó la brecha –a 3,2 puntos,
según el escrutinio final- pero no fue suficiente.
Para los analistas en Chile, el triunfo de la
conservadora Coalición por el Cambio que encabeza Piñera y que obtuvo un
pase al poder hasta 2014 es, en realidad, una historia de final
anunciado.
La fuerza que gobierna la república desde el
regreso de la democracia en 1989, ha mostrado los signos propios del
desgaste que trae el ejercicio del poder, y la candidatura de Frei no
ayudó demasiado a lavarle la cara a su propuesta para un quinto mandato
consecutivo, ante una ciudadanía que pide a gritos un recambio en el
escenario político.
De nada valió el masivo 80% de apoyo que tiene
entre la ciudadanía la figura de la presidenta Michelle Bachelet: la
imagen de la mandataria sigue en alza, pero no fue legado reconocido
para quien se anunciaba como su heredero. El carisma, se escucha por las
calles de Santiago, en este caso lo es todo.
Presidenta popular

El ex
presidente no pudo remontar en la segunda vuelta los 14 puntos que lo
distanciaron de la victoria.
"La presidenta Bachelet tiene un estilo de
liderazgo poco político, más bien de jefa de Estado, por el que ha
mantenido distancia con temas controvertidos que sin duda afectan la
imagen de un presidente porque implican tomar posiciones que generan
apoyo en unos y rechazo en otros", señala a BBC Mundo el politólogo
Carlos Hunneus, del Centro de Estudios de la Realidad Contemporánea
(CERC).
Para confirmar esta visión, basta mirar las
encuestas: más de la mitad de quienes votaron por Piñera están de
acuerdo con la forma en que Bachelet ejerce el gobierno. Lo que le da a
su prestigio un tinte personal, más que político, que la coloca en las
antípodas de Frei, un hombre acartonado y poco afecto a los debates, la
exposición pública o las actividades que se alejen del protocolo
político más clásico.
Aunque quizás eso no sea todo: los analistas
consideran que no sólo hay una diferencia de estilo y personalidad, de
charme o de carisma, entre Bachelet y el derrotado aspirante de la
Concertación.
Hay, más bien, dos cuestiones clave para
entender el fenómeno: por un lado, en países de un presidencialismo
fuertemente personalista, como Chile, la carta de la popularidad no se
cede ni se entrega. Y, sobre todo, no se refleja en las urnas.
Ya le había pasado a la misma Bachelet: su
antecesor, Ricardo Lagos, dejó La Moneda con un altísimo nivel de
popularidad, y la actual mandataria debió pelear en segunda vuelta y
ganar por escaso margen.
Gracias a la crisis

La
popularidad de Bachelet no sirvió para que la Concertación se quedara en
el poder.
Pero, además, el aumento reciente de la
aprobación de Bachelet se basa en un factor inédito: la crisis externa.
Las decisiones para manejar la economía en tiempos del crash
financiero internacional dispararon los índices de los 40% puntos que
tenía a más del doble.
"Tuvo que ver con la forma en la que el gobierno
encaró puntualmente la economía interna, con bonos, subsidios y otras
formas de apoyo a los sectores más vulnerables, porque tenía el dinero
del cobre para hacerlo", indica el analista Ascanio Cavallo, en diálogo
con BBC Mundo.
Pero esta popularidad ganada ante los
contratiempos externos no parece ser traspasable por la vía de la
herencia partidaria.
Muchos coinciden, además, en que la Concertación
no ha jugado su mejor baza al postular a Frei como opción para 2010,
un nombre que representa una línea de continuidad con la "política
vieja" o, cuanto menos reiterada, de la alianza en el poder.
Su figura trae recuerdos de la crisis económica
que jaqueó el final de su mandato presidencial, cuando Chile venía
acostumbrado a un período de bonanza y se vio sacudido por la primera
recesión en dos décadas y por un desempleo galopante.
Puertas adentro
La presidenta Bachelet tiene un estilo de liderazgo poco político, más bien de jefa de Estado, por el que ha mantenido distancia con temas controvertidos
Carlos Hunneus,
politólogo del CERC
La alianza gobernante ha enfrentado también una
serie de cimbronazos internos, en la "cocina" donde se digitan los
futuros de esta unión de partidos y donde, en los últimos años, más de
uno se ha ido dando un portazo.
Entre ellos, el joven Marco Enríquez-Ominami, un
ex concertacionista disconforme que se reinventó como independiente
para estas elecciones y obtuvo sólo 9 puntos menos que Frei, llevándose
los votos de muchos otros descontentos como él.
Ahora, el desafío de la Concertación será el de
reinventarse. Limar asperezas, encontrar nuevos rostros, redefinir
estrategias, primero hacia adentro y luego de cara a su futuro como
oposición.
Un rol que deberá aprender casi de cero, después
de 20 años de regir los destinos de Chile desde el sillón principal.

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