El Señor de Sipán, la Señora de Cao, la ciudad de Chan Chan. Tumbas
llenas de tesoros, pirámides decoradas con escenas brutales, dioses
terroríficos. En la costa norte de Perú, desde hace 20 años, se han
producido extraordinarios hallazgos arqueológicos que descifran viejos
enigmas. Y arrojan luz sobre cómo era la vida hace miles de años.
En Perú se vienen sucediendo descubrimientos asombrosos que tienen en
vilo a arqueólogos de todo el mundo. En los últimos veinte años se han
desencadenado una serie de hallazgos relacionados con las culturas
precolombinas en la costa norte de Perú, como la de los mochicas (200
antes de Cristo-850 después de Cristo), que, con sus tumbas de
personajes notables llenas de tesoros, están reescribiendo la historia
que se conocía hasta ahora. En casi todas ellas abundan representaciones
de un dios terrorífico, Aiapaec, el Degollador. También enormes
pirámides truncas decoradas con frisos de vivos colores y escenas de
violencia brutal. Conocido mundialmente por las ruinas incas de Machu
Picchu, en Cuzco, Perú tiene una increíble riqueza en los yacimientos de
todo su territorio. Se calcula que en el país hay cerca de 100.000
sitios arqueológicos. Sólo en 2005 se encontraron restos en 5.000
localizaciones nuevas. Al parecer, no hay paro entre los arqueólogos.
Esta explosión de nuevos descubrimientos tiene una fecha de inicio,
en 1987, cuando se encontró la tumba intacta del Señor de Sipán,
perteneciente a la cultura mochica. Después de siglos de saqueo
ininterrumpido de las huacas (antiguos templos, pero también dioses
tutelares) se ha podido emprender proyectos científicos que ponen en
valor una región llena de misterios. Acompañadas por el arqueólogo
Quirino Olivera, representante de Promperú (la agencia estatal de
promoción turística), visitamos las más importantes excavaciones en la
costa al norte de Lima. Una ruta apasionante, en siete etapas, llena de
personajes, leyendas y aventuras.
1. el hallazgo que inició una
nueva era. En abril de 1987, un grupo de arqueólogos peruanos
asumieron la responsabilidad de salvar los restos del yacimiento de
Sipán, que sufría una ola de saqueos sistemáticos y destrucción.
Huaqueros (saqueadores y traficantes de piezas arqueológicas), pero
también los pobladores, azuzados por la crisis económica que se vivía,
acudían en tropel cada noche. La policía requisó importantes piezas de
oro y llamaron al arqueólogo Walter Alva para identificarlas. Las habían
extraído hacía pocos días. Eso le dio la pista del valor del
yacimiento. La policía intervino para protegerlo. Sufrió amenazas de
muerte. Pero poco tiempo después pudo iniciar la recuperación científica
que llevó al hallazgo de la primera tumba intacta de un gobernante
precolombino, el llamado Señor de Sipán, perteneciente a la cultura
mochica. "El descubrimiento tuvo un impacto extraordinario", reconoce
Walter Alva, arqueólogo en jefe de la operación. "Antes, la arqueología
consistía en el estudio de objetos aislados. No llegaba al pueblo. El
solo hecho de poder hablar de un personaje real trajo al presente una
presencia humana. Un antepasado. Alguien con rostro. El Señor de Sipán
no es historia muerta. Ha aportado muchos indicios sobre la vida de los
mochicas, un pueblo con un arte de gran sensualidad. Además permitió el
estudio del contexto en el que se encontró. Sipán aportó al conocimiento
de la cultura mochica más que 50.000 objetos dispersos de los que se
conservan hasta ahora. Permitió ordenar esos conocimientos".
"Hoy
se vive un boom de la arqueología en el Perú", afirma con
seguridad Walter Alva. "Nuestro pasado y la herencia cultural que
tenemos empiezan a ser valorados. Sipán significó un gran impacto,
semejante al de Tutankamon para Egipto. Hay un antes y un después del
Señor de Sipán en la arqueología peruana. Tanto en el mundo académico
como en la consciencia de los propios peruanos. Marcó el inicio de los
proyectos de largo aliento en el Perú".
El descubrimiento de
Walter Alva tiene hoy su propio museo en Lambayeque, llamado Museo
Tumbas Reales de Sipán. El edificio simula una pirámide trunca. En su
interior, una cuidada museografía despliega todos los fabulosos tesoros
de orfebrería en oro y otro tipo de aderezos lujosos encontrados en las
trece tumbas totalmente excavadas en el mismo yacimiento hasta ahora.
2.
Caral, mil años de paz. No se han encontrado armas de ningún tipo
en Caral. Ni siquiera primitivas porras de piedra. Tampoco hay vestigios
de fortificaciones ni representación alguna de violencia. Hace 5.000
años se levantó esta enorme ciudad comercial dominada por una gran
pirámide de 30 metros de altura con otras seis de menor tamaño en torno a
una gran plaza central, además de un anfiteatro, palacios, edificios
públicos, talleres y viviendas. Todavía no habían desarrollado técnicas
de cerámica ni de metalurgia, pero habían sido capaces de emprender
grandes obras arquitectónicas, signo de una compleja organización
social. También sabían divertirse. Se han encontrado flautas y otros
instrumentos musicales, junto a evidencias de consumo ritual de coca con
polvo de cal como reactivo. La arqueóloga peruana Ruth Shady descubrió
todo esto cuando decidió excavar en unas extrañas elevaciones en el
terreno en 1994. Junto con Sipán, Caral es el otro hito de una década
prodigiosa en la arqueología peruana.
En el excelente documental
de la BBC Las pirámides perdidas de Caral se desarrolla la
historia de este hallazgo que ha dado la vuelta a una de las principales
teorías sobre el origen de las civilizaciones en el planeta: la de la
guerra como motor de la civilización. Durante más de cien mil años no
existieron dirigentes ni ciudades. El mayor enigma para los arqueólogos
de todas las épocas es cuándo y por qué dejó el ser humano de vivir en
pequeños grupos dedicados sólo a la propia supervivencia, para que
surgieran de pronto, en seis puntos del planeta -Egipto, Mesopotamia,
India, China, Perú y Centroamérica-, las primeras grandes civilizaciones
de la antigüedad. Los arqueólogos Jonathan Haas y Winifred Creamer
sostuvieron durante décadas que el motivo fue la guerra. Visitaron todos
los lugares y en todos ellos había murales de guerreros y batallas,
armas, fortificaciones. Menos en Caral, considerada "ciudad madre",
fundamento del mundo moderno.
Pero ¿qué atrajo a la gente a ese
lugar? Caral está situado en el valle de Supe, en una zona actualmente
desertizada, a 184 kilómetros al norte de Lima. El auge de Caral se
debió principalmente al cultivo del algodón con el consiguiente
desarrollo textil y, sobre todo, a la manufactura de redes para pescar.
Se han hallado evidencias del abundante consumo de pescado seco -la
costa más cercana está a 26 kilómetros- y también de productos andinos y
de la región amazónica, a más de 300 kilómetros de distancia. Todo
indica que fue un poderoso centro económico basado en el intercambio de
productos.
Hubo cambios dramáticos y todavía no explicados en la
región unos mil años después. En Casma (160 kilómetros al norte de
Caral), ruinas de otra ciudadela tienen ya grabados en la piedra que
representan a guerreros. Y hace apenas dos años se descubrió en la misma
provincia una plaza hundida, cinco siglos más antigua que Caral. Sechín
Bajo dio otra sorpresa. En un friso con bajorrelieves apareció la
amenazante figura de una deidad con dientes felinos que sostiene en la
mano derecha un cuchillo ceremonial y en la izquierda una serpiente. Es
el Degollador, Aiapaec. ¿Volveremos a la teoría de la guerra o convivirá
con la del comercio? En todo caso, los mil años de paz en Caral no
tienen referencias semejantes en toda la historia posterior.
3.
Huaca de la Luna. La fachada norte de la huaca de la Luna debió de
dejar pasmados y atemorizados a quienes entraban por primera vez a la
gran plaza, en la que cabían hasta mil personas. Frisos con relieves de
relucientes colores representaban impactantes figuras hasta una altura
de siete niveles, que decían mucho de lo que allí infundía respeto. Y
terror. En el nivel bajo, y casi a escala humana, una cuerda de
prisioneros desnudos y con el miembro en erección comparte espacio con
un desfile de guerreros victoriosos. Encima, otro friso de las mismas
dimensiones repite unos personajes agarrados de la mano. En el tercer
nivel se multiplica una araña decapitadora, con un cuchillo en una mano y
una cabeza humana. En los tres niveles superiores hay distintas figuras
con formas de animales fantásticos.
"Hay evidencias de
sacrificios humanos", admiten los arqueólogos Santiago Uceda y Ricardo
Morales. "Se capturaba a los enemigos, se les drogaba con San Pedro (un
cactus con propiedades alucinógenas que abunda en la región), y después
eran sacrificados arrojándolos al vacío desde lo alto de la pirámide.
Posiblemente lo hacían para aplacar las lluvias causadas por el cíclico
fenómeno de El Niño".
Hay más detalles extraordinarios en esta
excavación, donde aparece una y otra vez el dios Aiapaec, el Degollador.
Pero no pretenden restaurarlo para simular cómo sería entonces, sólo
hacen labores de conservación. "Lo que se ve es 100% auténtico", subraya
Morales.
La cultura moche se desarrolló en la costa norte de Perú
aproximadamente entre los años 200 y 850 después de Cristo. Los
sistemas de irrigación les permitieron ganar tierra fértil al desierto.
Las huacas del Sol y de la Luna se excavan científicamente desde 1991.
Configuraban el centro ritual y urbano de la ciudad de Moche, que llegó a
alcanzar en su apogeo una extensión de 100 hectáreas.
Este
complejo arqueológico tiene una nueva -y mejor- vida hoy. Nuevas
instalaciones, un museo y actividades que involucran a los habitantes
cercanos lo han convertido en un sistema sostenible.
4. Chan
Chan. ¿Cómo puede resultar tan moderno, minimalista y bello, un
diseño milenario? Por Chan Chan se camina sin prisa, oliendo y oyendo el
mar, entre gigantescos muros de adobe y laberintos con figuras
geométricas y siluetas de aves o animales marinos. Las plataformas y
rampas guían sutilmente los pasos, y los juegos triangulares o
piramidales de las paredes permiten que la vista se oriente o desoriente
a placer.
Toda la magia y la utilidad que se puede extraer del
adobe ya la dominaban en el siglo IX después de Cristo habilidosos
constructores, arquitectos y albañiles. Adobe y bases de piedra. Además
de mezclas de barro, usaron madera de huarango, algarrobo (árbol muy
común en la zona), caña, junco y totora (otra especie local de junco)?
Elementos de rica simpleza para unas construcciones cuadradas,
primorosas y exactas, siguiendo siempre múltiplos de tres.
La
perfección se percibe hasta en los rodapiés y las confluencias de muros,
con las figuras de pájaros y peces ajustadas a escala según la
inclinación del suelo.
Esta especie de paraíso de la ensoñación
arquitectónica, un enclave silencioso a pocos metros de la vorágine de
la carretera Panamericana, es una joya superviviente de una poderosa
cultura preinca.
Los orígenes de la cultura chimú, o reino del
Chimor, se pierden en el tiempo y la leyenda. Cuentan que un personaje
mítico llamado Tacanaymo llegó del mar a las tierras hoy conocidas como
Huanchaco, a cinco kilómetros de la ciudad de Trujillo. Tacanaymo inició
una dinastía señorial que extendió su reino a lo largo de más de mil
kilómetros de costa peruana. En el siglo XIII, Chan Chan se convirtió en
el mayor centro urbano de América del Sur, según certifican los
historiadores. El mayor signo conservado del esplendor chimú, la urbe de
Chan Chan, tiene una extensión de 20 kilómetros cuadrados, entre el
desierto y el mar.
De los diez conjuntos amurallados de la extensa
área monumental sólo está abierto al público Nik-An, pero su visita es
lo bastante intensa para evocar la gloria de una civilización.
5.
Señora de Cao. Tenía los brazos tatuados. Era poderosa. Decían que
era bruja, y quizá lo era. Porque ser hechicera entonces significaba
dominar la naturaleza y las acciones de los gobernados. Hace 1.800 años,
una mujer era la gran Señora de Cao.
Vestía una sencilla túnica
de algodón con dibujos geométricos, pero su cabeza estaba coronada por
una gran diadema alada de oro. El oro también adornaba su nariz y
rodeaba su cuello, así como el lapislázuli, el cuarzo o la turquesa. Dos
bastones de madera forrados de cobre dorado eran su apoyo en las
ceremonias, unos ritos donde saludaba a los guerreros vencedores y daba
paso al castigo de los humillados.
Dibujos de sinuosas serpientes y
amenazantes arañas surcaban el brazo derecho de la Señora de Cao. En el
izquierdo lucía intrincados signos, como en las manos y en los
tobillos. Las claves de su reino se deducen del rico ajuar que se halló
en su tumba, descubierta en 2004.
Durante un año, un equipo
multidisciplinar de arqueólogos, antropólogos, conservadores textiles y
de metales y médicos participaron en el desenfardamiento del misterioso
personaje de la tumba real en la huaca de Cao, en el complejo
arqueológico El Brujo. Al abrir las envolturas de algodón se desveló que
la momia era una mujer menuda y joven. Su estado de conservación era
magnífico. Al amortajarla, su cuerpo fue recubierto con cinabrio
(sulfuro de mercurio) y esta sustancia impidió la descomposición. Aunque
de salud frágil, la Señora de Cao era una mujer extraordinaria. La
primera gobernante femenina que se conoce en una cultura preinca.
Murió
joven, a los 20 años. ¿Fue a consecuencia del parto?, ¿precipitaron
quizá su desaparición enemigos dentro de su corte?
Fue encontrada
en la huaca de Cao Viejo. De espaldas al mar, una estructura moderna,
como un gran velo de lona del mismo color del desierto y las piedras de
la pirámide, envuelve el recuerdo de la Señora. La cubierta del
yacimiento y el nuevo museo se funden con el paisaje, un trabajo
elegante y moderno de la arquitecta peruana Claudia Ucelli. El museo
muestra, con avanzadas y pedagógicas técnicas audiovisuales, todo el
proceso de la excavación y el desenterramiento de la momia a los
visitantes curiosos por la historia del Perú.
... Y la gran dama
de Cao no era la única gobernante. Según los historiadores y
arqueólogos, hay rastros de matriarcado en otros pueblos de la zona
noroeste de Perú. Pero ésa es una historia aún sin escribir.
La
costa norte de Perú ha sido durante milenios, y es aún hoy, una zona de
ceremonias chamánicas. El uso del cactus San Pedro permite viajes
alucinógenos que producen situaciones de trance. En los últimos años
vive un nuevo auge, aunque devaluado por los charlatanes y falsos
curanderos. A una hora en coche desde Trujillo (La Libertad) se llega al
complejo arqueológico El Brujo, que incluye el sitio llamado Huaca
Partida y en cuya brecha central se han realizado desde hace siglos
rituales secretos. Esa zona ha tenido una ocupación humana continua
desde hace cinco milenios. El arqueólogo Régulo Franco, director del
sitio, describe murales en la huaca de Cao Viejo, la principal de las
cinco pirámides truncas en el recinto, con pinturas murales semejantes a
los de la huaca de la Luna: cuerdas de prisioneros, guerreros,
sacrificios y el omnipresente Aiapaec. Otra muestra impresionante de la
arquitectura y el arte mochica. También ahí había sacrificios humanos.
"Es probable que sucediera como en la última parte de la película Apocalipto,
de Kevin Costner. Las batallas rituales se celebraban lejos de las
ciudades, pero los vencidos eran traídos al centro ceremonial. No los
sacrificaban de inmediato, antes los torturaban, según Uceda. Después de
degollarlos, la sangre era bebida por los oficiantes y ofrecida a
Aiapaec".
A pesar de la financiación que se ha conseguido para el
proyecto, aún queda una zona cerrada por falta de presupuesto. Nos
permiten entrar y observar murales bellamente decorados. Bajo un
precario techo vuelan murciélagos nerviosos. Régulo Franco señala dos
nichos con cráneos sin maxilar inferior. Más allá, huesos de siete
cuerpos descuartizados, nos dice.
Franco ha pasado momentos
difíciles al principio de la excavación. "Puse una tienda de campaña al
pie del lugar y contraté algunos guardianes. Una noche en que fui a
dormir al pueblo, unos huaqueros atacaron el campamento, saquearon las
tumbas y los fardos funerarios, dejaron todo tirado. Dijeron que venían a
matarme. Los guardianes me despertaron llorando, venían descalzos y
apaleados. Estuve viviendo un año con guardaespaldas".
6. HUACA
RAJADA-Sipán. La emoción de bajar a una tumba a doce metros de
profundidad es contradictoria. Nos permitieron hacerlo en la tumba 15 en
la huaca Rajada-Sipán. La tierra es un polvo fino y hay que descender a
través de unas estrechas plataformas y algunos troncos. Nos quedamos a
un par de metros por encima de la momia: un joven de la nobleza mochica.
Lleva una máscara de búho, muñequeras y un pectoral. Hace poco más de
dos meses se certificó que sólo tenía 21 años.
Los arqueólogos
excavaron con mucho cuidado. Para evitar a los saqueadores de tumbas,
los enterradores esparcían polvo de cinabrio, un veneno que en contacto
con el aire templado desprende gases tóxicos. Así se intentó proteger al
Señor de Sipán, encontrado a pocos metros de ahí junto a los otros
trece personajes de diferentes jerarquías hallados cerca entre 1987 y
1999. El complejo Huaca Rajada-Sipán está en el distrito de Zaña
(Lambayeque). El 29 de enero de 2009 se inauguró el nuevo Museo de Sitio
de Huaca Rajada-Sipán.
7. Ventarrón. "¿Han visto ya al
Loco de Ventarrón?", pregunta con sorna Walter Alva. Se refiere a su
propio hijo, Ignacio, de 35 años, que sigue las huellas de su padre y se
ha instalado en el sitio arqueológico de ese nombre, a cuatro
kilómetros del distrito de Pomalca, en la provincia de Chiclayo
(Lambayeque). Ventarrón, que forma parte del complejo arqueológico de
Collud-Zarpán, tiene una antigüedad certificada de 4.000 años,
contemporáneo a la última etapa de Caral. Hay construcciones en adobe y
hasta hace pocos años era utilizado como vertedero. Se han excavado ya
tres plantas de unos 250 metros cuadrados. Ahí se encuentra el mural del
Venado Cautivo, considerado hasta ahora el mural más antiguo de América
y que representa a un ciervo envuelto en unas redes. La excavación fue
iniciada en 2007, a cargo del arqueólogo Ignacio, Nacho, Alva. Un
joven de pelo negro revuelto por el viento, serio, guapo, absolutamente
entregado a su investigación. "No hay cerámica ni metalurgia, pero sí
una arquitectura bastante avanzada en profunda armonía con el paisaje",
apunta Nacho, en medio de una explicación detallada de todo el proyecto.
"Yo
también era pura pasión a su edad", dice de él Walter Alva. "Si no hay
pasión en un arqueólogo, no hay nada. Hoy se piensa que es una profesión
como otra, que hay que tener vocación. Pero en mi tiempo sólo te metías
en eso si tenías una exaltación apasionada. Cuando le dije a mi padre
que quería ser arqueólogo, se alarmó. ?Es como ser poeta, de eso no se
vive?, me replicó". Una risa franca le sacude el cuerpo.
Los
padres de Nacho son arqueólogos y él tenía 11 años cuando descubrieron
el Señor de Sipán. Después de estudiar la carrera eligió Ventarrón como
su lugar de trabajo e investigación, y tras una década de prospecciones
se dio con la sorpresa de que era mucho más antiguo y valioso de lo que
pensaba en principio. "La comprobación de la antigüedad del sitio ha
sido la mayor emoción de mi vida y la mayor recompensa. Es la coronación
de mis sueños. Nunca pensé que iba a encontrar algo así tan pronto en
mi vida", dice. Se ha construido una sencilla casa de ladrillo al pie
del cerro, se ha integrado en el pueblo. Una de las particularidades de
esta nueva época de la arqueología en Perú es la estrecha vinculación
con las poblaciones cercanas. El yacimiento de Ventarrón está financiado
con el Fondo Contravalor de Francia, que consiste en condonar parte de
la deuda externa del país a cambio de inversión en proyectos que
involucren a la comunidad e impulsen su economía. Es la primera vez que
se usaba este tipo de financiación. El pueblo se levantó alrededor de
1950, tiene unos 300 habitantes, 62 familias, y está en medio de unos
cañaverales.
Hasta el inicio de la excavación, su asentamiento
deterioró el sitio arqueológico -usaban los adobes para construir sus
casas y lo contaminaron con sus basuras-. Hoy son ellos los principales
trabajadores, lo que no sólo contribuye a la economía, sino que los
vincula mucho más estrechamente con el lugar. En los años noventa,
Ventarrón fue profanado por huaqueros. Hoy no se les permitiría. "En el
pueblo había antes mucha miseria, ladrones de ganado, delincuencia.
Ahora ya casi no hay esos problemas, hay también una mayor
alfabetización. Están muy involucrados con el proyecto. Muchas de las
decisiones sobre el trabajo las toma la propia comunidad", explica Nacho
Alva.
"Toda huaca es potencialmente el lugar de un tesoro",
continúa. "En ese sentido, Perú es el país más rico y más saqueado del
mundo. Nadie ha sido condenado nunca por huaquero. Los habitantes
locales lo hacen por pobreza. Si no es eso, tendrían que dedicarse a
cosas peores, como el robo o el narcotráfico. Éstos son objetos que se
encuentran y hasta hay una superstición que dice que es la propia huaca
la que decide a quién favorece y a quién no. No son muchos los huaqueros
de esta zona y no saben bien qué es cada cosa, pero sí saben tasarlo.
Se ha llegado a pagar hasta 7.500 dólares por una pieza de cerámica
cupisnique [cerca de 3.000 años de antigüedad] de Collud [departamento
de La Libertad, a 600 kilómetros al norte de Lima]. Todo va a parar a
colecciones extranjeras".
"Se ha destruido mucho", corrobora
Walter Alva. "No hay un lugar intacto en toda la geografía peruana, con
cientos de yacimientos. Pero la información sobre ellos sigue siendo un
territorio virgen. Sipán ya había sido saqueado durante el tiempo de la
colonia. El Estado peruano nunca había tomado parte hasta que lo
requerimos para proteger el lugar. Si llegábamos dos semanas después, no
hubiésemos encontrado nada. Los huaqueros habían llegado a excavar
hasta sólo medio metro por encima", dice Walter Alva. "Los huaqueros han
agotado los sitios más accesibles. Y han saqueado durante siglos. Los
trabajos de los arqueólogos se han ido ganando la complicidad de los
pobladores cercanos y ahora ya denuncian a los huaqueros. El
arqueotráfico ha disminuido. Pero es más exquisito. Las piezas de escaso
o mediano valor no les compensan. Pero todavía puede haber grandes
sorpresas en los hallazgos futuros".
No hay comentarios:
Publicar un comentario